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viernes, 5 de junio, 2026
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Opinión

Reforma electoral: ¿Austeridad o hegemonía?

En política, hay decisiones que se anuncian con el rigor de las cifras, pero que solo terminan de entenderse mediante la intuición.

La reforma electoral que hoy se impulsa en México llega envuelta en un celofán de palabras correctas: austeridad, eficiencia y cercanía con el pueblo. El discurso suena bien; quizá demasiado bien. Sin embargo, cuando un gobierno decide cambiar las reglas del juego mientras sigue jugando, la pregunta deja de ser técnica para volverse estrictamente ética.

Esta no es solo una reforma; es una señal. Y en la arena política, las señales nunca son inocentes. Bajo la premisa del ahorro, se asoma un movimiento estratégico que amenaza con debilitar a la oposición, erosionar la pluralidad y consolidar la ventaja de quien hoy ostenta el mando.

El argumento estelar es el financiero: reducir los más de 7 mil millones de pesos anuales destinados a los partidos. A simple vista, el ajuste parece lógico e incluso necesario frente a un México con tantas carencias. No obstante, hay que decirlo sin rodeos: ese recorte no golpea por igual.

Los partidos pequeños dependen en un 80% o 90% de los recursos públicos para subsistir. Para ellos, cerrar la llave del financiamiento no es un simple ajuste de cinturón; es un empujón directo hacia la irrelevancia o la desaparición. Mientras tanto, el partido en el poder, con su robusta estructura territorial, omnipresencia mediática y control político, no sólo resiste el embate, sino que capitaliza el vacío que dejan los demás.

El segundo punto de quiebre es la representación. La modificación de los espacios plurinominales se vende como una purga de «privilegios». Sin embargo, esos escaños han sido históricamente el último refugio de las minorías. Eliminarlos no limpia el sistema; lo simplifica hasta que solo quedan los más fuertes. Y cuando la competencia se reduce a un solo bando dominante, la democracia deja de ser real para volverse meramente ornamental.

Hay, además, un control del entorno que pocos señalan: la regulación de campañas digitales y la redefinición de la participación ciudadana. Bajo una apariencia de modernidad, se esconde la facultad de decidir quién puede hablar, bajo qué términos y hasta dónde puede llegar su voz. Es, en esencia, un rediseño del ecosistema político en un momento donde el oficialismo goza de una aprobación cercana al 60% y una mayoría legislativa que le permite prescindir de consensos.

Es cierto que existe una base social para este cambio. Más del 70% de los mexicanos percibe a los partidos como instituciones caras, ineficientes y lejanas. Esa frustración es auténtica, y el gobierno ha tenido la pericia de leerla. Pero interpretar el malestar social no justifica instrumentalizar para diseñar un sistema a conveniencia. Una cosa es corregir los excesos y otra, muy distinta, usar el descontento como ariete para concentrar el poder.

La democracia rara vez se desploma de golpe; suele deslavarse mediante ajustes, modificaciones y «optimizaciones» sucesivas, hasta que un día deja de ser lo que era. México no está discutiendo solo cuánto gastar en sus elecciones; está decidiendo si prefiere una competencia vibrante o una estabilidad controlada.

Seamos claros: cuando el poder cambia las reglas, rara vez es para arriesgarse a perder. Casi siempre es para asegurarse de que no tendrá que irse.

Nos leemos.

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