El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no está en México… pero ya se siente en la gasolina, en el súper y en el bolsillo. Y apenas empieza.
A más de 13 mil kilómetros de distancia, el conflicto entre Estados Unidos e Irán suena, para muchos, como algo que pasa “por allá lejos”. Como esas noticias que uno escucha mientras desayuna… y luego olvida.
El problema es que esta guerra no se queda allá. Se viene para acá, pero sin uniforme: llega en forma de gasolina más cara, del súper más caro y de ese pequeño golpe diario que uno empieza a notar sin saber bien por qué. Desde finales de febrero de 2026 y tras el ultimátum del 7 de abril, la tensión sobre el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial, dejó de ser un tema de geopolítica… para convertirse en un tema de bolsillo.
México no está en guerra, pero ya empezó a pagarla. Y no en dólares ni en barriles, sino en algo mucho más sensible: el costo de la vida diaria.
Mientras en el mundo se habla de negociaciones, reuniones indirectas, mediaciones europeas y “avances” que no terminan de cuajar, el petróleo sigue arriba de los 110 dólares por barril, con picos cercanos a 115 USD. Traducido: desde finales de febrero, el aumento ronda el 25%. Y eso no se queda en los mercados internacionales; baja directo a la calle.
En México ya se empieza a sentir. En algunas regiones, los combustibles han subido entre 3% y 7% en cuestión de días. No parece mucho… hasta que lo sumas al transporte, a los alimentos y a todo lo demás. Porque aquí nada sube solo: todo se contagia.
Y entonces vino la respuesta oficial. Ante el aumento, la presidenta Claudia Sheinbaum sugirió que la gente opte por gasolina Magna. Porque, al parecer, en medio de una crisis energética global, la solución está en elegir la más barata… no en que deje de subir.
Suena lógico. Pero también suena a lo que muchas veces pasa en México: el problema es gigante, pero la solución se vuelve doméstica. Como si el conflicto en Medio Oriente se resolviera cambiando de bomba despachadora en la gasolinera.
Aquí entra la vieja paradoja nacional. México, a través de Petróleos Mexicanos, vende petróleo caro. Pero importa más del 60% de la gasolina que consume. Es decir: gana por un lado… y pierde por el otro. O, dicho más claro: vende caro lo que saca, pero compra caro lo que usa.
Y, por si fuera poco, está el frente político. La cercanía con Estados Unidos no es opcional. Cuando la tensión sube, también sube la expectativa de alinearse. México intenta mantenerse prudente, pero la historia demuestra que en estos escenarios la neutralidad tiene límites.
El golpe final no es inmediato, pero sí constante. Si los energéticos siguen presionando, los precios podrían subir entre 8% y 15% en los próximos meses. Y eso no es un número frío: es el dinero que deja de alcanzar.
Claro, hay quienes dicen que no todo es malo. Que México podría beneficiarse del petróleo caro, que las negociaciones pueden estabilizar el mercado y que el país no está directamente involucrado en el conflicto.
Y sí, en teoría suena bien. Pero, en la práctica, el problema no es si participamos en la guerra… sino que ya estamos dentro de sus efectos. Porque, en un mundo interconectado, nadie se queda al margen cuando sube el petróleo.
La guerra no siempre llega con explosiones. A veces llega en silencio, en cada litro que cargas y en cada peso que ya no rinde igual.
México no está en el campo de batalla, pero sí en la fila de pagos. Y ahí no hay descuento.
Nos leemos.


