Durante años, Morena tuvo un objetivo bastante sencillo de explicar: ganar. Primero había que sacar al PRI, después desplazar al PAN, conquistar gubernaturas, obtener mayorías y demostrar que lo ocurrido en 2018 no había sido un accidente político. La consigna funcionaba porque había un adversario enfrente y una causa capaz de mantener unidos a muchos que no necesariamente pensaban igual.
Pero ganar también tiene sus propios problemas. Cuando un movimiento comienza a acumular gubernaturas, alcaldías, diputaciones y posiciones de poder, la pregunta cambia. Ya no se trata únicamente de cómo derrotar al adversario, sino de quién se queda con qué. Y ahí comienza una política menos épica y mucho más terrenal: la del reparto.
Ese parece ser uno de los primeros desafíos de Morena rumbo a 2027. No porque pueda darse por sentado ningún resultado electoral, sino porque ahora debe administrar, al mismo tiempo, las aspiraciones de sus propios cuadros y las de sus aliados. El proceso electoral comenzó formalmente el 10 de septiembre y no será menor: estarán en juego las 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas y, al sumar las elecciones locales, más de 19 mil cargos públicos.
La primera llamada de atención llegó desde Zacatecas.
El 15 de septiembre, Morena designó a Verónica Díaz Robles como coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación, una posición que la coloca en la ruta hacia la candidatura al gobierno estatal. El anuncio, sin embargo, estuvo marcado por ausencias importantes: no asistieron Ulises Mejía ni la senadora petista Geovanna Bañuelos, y tampoco estuvo presente la dirigencia del PT. Durante el evento incluso se escucharon expresiones de rechazo al llamado “monrealismo”.
A primera vista, podría parecer una disputa local más. Pero el asunto va más allá.
Posteriormente, el PT decidió no acompañar, por ahora, los siguientes anuncios de coordinadores de Morena y señaló que revisará su posición una vez que concluya esta etapa de definiciones. Benjamín Robles, integrante de su Coordinadora Nacional, resumió el momento al señalar que el partido atraviesa un proceso de debate. Morena, por su parte, sostiene que existen mesas semanales de negociación y un entendimiento para respaldar a quienes resulten favorecidos en las encuestas. Hasta ahora, no existe una ruptura formal entre ambos partidos.
Y aquí aparece la paradoja.
Morena es, con mucha diferencia, la fuerza principal de esa alianza, pero sus socios no son meramente decorativos. En las elecciones para diputaciones federales de 2024, Morena obtuvo 40.84% de la votación total emitida; el Partido Verde, 8.40%, y el PT, 5.47%. Son fuerzas de tamaños distintos, sin duda, pero juntas han construido una maquinaria electoral y legislativa que durante años funcionó porque todos encontraron alguna utilidad en permanecer dentro.
El problema comienza cuando hay más aspirantes que espacios disponibles.
Una gubernatura sólo puede tener un candidato. Una alcaldía también. Y una encuesta que produce un ganador inevitablemente deja a varios inconformes. Mientras el objetivo común era derrotar a la oposición, las diferencias podían guardarse para después. Ahora ese “después” ha llegado.
Se puede argumentar, con razón, que todo esto forma parte de la normalidad política. El PRI y el PAN vivieron durante décadas rebeliones, rupturas y negociaciones internas sin que cada conflicto significara necesariamente el principio del fin. Morena tampoco tendría por qué ser diferente. Además, el propio PT ha reiterado que continúa identificado con el proyecto de la llamada Cuarta Transformación, mientras Morena afirma que mantiene abiertas las mesas de negociación con sus aliados.
Por eso, sería exagerado hablar hoy de una fractura inevitable.
Pero también sería un error reducir lo ocurrido en Zacatecas a una simple fotografía incómoda.
Morena pasó años aprendiendo a ganar elecciones. Ahora enfrenta una tarea distinta: administrar su propio tamaño. Y en política, repartir el poder puede resultar bastante más complicado que conquistarlo.
Porque hay derrotas que unen, pero también hay victorias que obligan a sacar la calculadora.
Nos leemos.


