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lunes, 28 de septiembre, 2026
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Opinión

73% de aprobación: ¿para qué necesitamos críticos?

Hay algo curioso en la política: cuando un gobierno tiene problemas de popularidad, suele culpar a sus críticos; cuando tiene una aprobación elevada, parece que tampoco puede vivir sin ellos. En ambos casos, el problema termina siendo el mismo: alguien que no aplaude. La diferencia es que, con una aprobación del 73%, como la que Metrics Mx atribuye a Claudia Sheinbaum, uno esperaría que la crítica fuera apenas una molestia menor, no un asunto que merezca tanta atención desde el poder.

Porque, seamos honestos, si casi tres de cada cuatro mexicanos respaldan a la presidenta, ¿qué peligro pueden representar unos cuantos periodistas que cuestionan sus decisiones? ¿Qué sombra puede hacerle una voz discordante a una figura política que presume semejante respaldo? La pregunta no es menor, sobre todo cuando crece la preocupación por el señalamiento gubernamental de una supuesta red de periodistas críticos.

Una aprobación elevada no vuelve innecesarios a los críticos; los vuelve más importantes. Precisamente cuando un gobierno goza de respaldo popular necesita voces que lo cuestionen, que revisen sus decisiones y que adviertan sobre aquello que el entusiasmo colectivo puede dejar fuera de la conversación. El poder necesita reconocimiento, pero también necesita límites. Y la popularidad, por sí sola, no garantiza ni lo uno ni lo otro.

Primero, porque una encuesta mide percepciones, no necesariamente resultados. La gente puede sentirse identificada con una presidenta y, al mismo tiempo, estar inconforme con las decisiones de su gobierno o con lo que sucede en su estado. La propia medición de Metrics Mx refleja esa contradicción: mientras Sheinbaum conserva un respaldo amplio, una mayoría exige la salida definitiva de Rocha Moya en medio de la crisis política de Sinaloa. Ahí está la diferencia entre simpatía y evaluación. Confundirlas sería como creer que porque alguien nos cae bien, todo lo que hace está bien. La política no funciona así, aunque a veces el aplauso nos haga olvidarlo.

Segundo, porque hay decisiones que no pueden evaluarse únicamente desde el discurso oficial. La revisión del T-MEC, las negociaciones con Estados Unidos y las acusaciones de la DEA sobre presuntos vínculos entre autoridades mexicanas y el crimen organizado son asuntos que exigen información, contraste y escrutinio. Sheinbaum ha calificado esas acusaciones como políticas. Puede tener argumentos para sostenerlo, pero precisamente por eso resulta indispensable que existan periodistas capaces de revisar los hechos sin depender de la versión de ninguna de las partes. La verdad no debería necesitar protección política, sino investigación.

Tercero, porque el poder suele rodearse de personas que confirman lo que quiere escuchar. Es una debilidad muy humana. Todos conocemos a alguien a quien nadie se atreve a decirle que está equivocado, hasta que la realidad termina haciéndolo por todos. En un gobierno, esa complacencia puede salir mucho más cara: se traduce en decisiones deficientes, errores sin corregir y problemas que crecen mientras alguien sigue diciendo que todo marcha perfectamente.

Y aquí aparece el punto más delicado: cuando desde el poder se señalan periodistas críticos, el mensaje puede trascender las palabras de quien lo emite. No hace falta una orden explícita para que otros interpreten que cuestionar tiene consecuencias. En un país donde el ejercicio periodístico ya enfrenta riesgos, cualquier señalamiento de esta naturaleza merece especial atención.

Por supuesto, la crítica tampoco es infalible. Hay comentaristas que confunden análisis con militancia, que defienden intereses particulares o que convierten cualquier decisión gubernamental en motivo de condena. La presidenta tiene todo el derecho de responderles, exhibir sus contradicciones y defender sus políticas. El debate público no exige silencio del gobierno; exige argumentos de todos.

Pero hay una diferencia fundamental entre responder a una crítica y señalar a quienes la ejercen. Una cosa es discutir ideas; otra, poner bajo sospecha a las personas que las expresan.

Con 73% de aprobación, la presidenta no necesita menos críticos. Necesita que su gobierno tenga la suficiente confianza para escucharlos. Porque el aplauso puede confirmar que se está haciendo algo bien, pero solo la crítica honesta permite descubrir qué se está haciendo mal. Y un gobierno que no distingue entre ambas cosas corre el riesgo de terminar creyendo que su popularidad es una prueba de que nunca se equivoca.

Nos leemos.

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