Lo que comenzó como los remanentes del tifón Halong se convirtió en una de las tormentas más devastadoras en la historia reciente del estado de Alaska. En los últimos días, las comunidades costeras de Kipnuk y Kwigillingok, ubicadas en el delta del río Yukon-Kuskokwim, quedaron prácticamente destruidas tras el impacto de marejadas e inundaciones que elevaron el nivel del agua más de 1.8 metros por encima de lo normal.
Las autoridades locales informaron que al menos una persona ha muerto, dos continúan desaparecidas y más de mil 500 residentes permanecen desplazados. Las imágenes difundidas muestran viviendas flotando, caminos convertidos en ríos y la infraestructura eléctrica y de agua colapsada. “Parece que el mar se tragó el pueblo”, relató un habitante de Kipnuk al medio Alaska Public Radio.

El fenómeno meteorológico, alimentado por aguas oceánicas más cálidas, se originó tras la transformación del tifón Halong en una tormenta extratropical, que tocó tierra con vientos superiores a los 120 km/h y lluvias torrenciales. Expertos atribuyen la magnitud del desastre al cambio climático, pues las temperaturas más altas del mar están intensificando los sistemas tropicales que alcanzan el Ártico.
La Guardia Nacional de Alaska y la Guardia Costera de Estados Unidos encabezan un operativo de emergencia descrito como “uno de los puentes aéreos más grandes en la historia del estado”. Más de 300 personas fueron evacuadas hacia Anchorage en la primera fase, mientras otras 1,200 se refugian en escuelas y centros comunitarios sin servicios básicos. En el Alaska Airlines Center se ha instalado un albergue temporal con apoyo federal.
El gobierno estatal ha declarado emergencia en la región del delta Yukon-Kuskokwim, y advirtió que cientos de viviendas podrían ser inhabitables antes del invierno, cuando las temperaturas desciendan a niveles bajo cero. Los esfuerzos se concentran ahora en restablecer comunicaciones y enviar suministros médicos y alimentos a las comunidades más aisladas.
De acuerdo con los meteorólogos, el evento refuerza la preocupación por la vulnerabilidad de Alaska ante tormentas extremas impulsadas por el calentamiento global. Mientras tanto, la población afectada enfrenta un panorama incierto: sin electricidad, con carreteras destruidas y el temor de que el mar vuelva a reclamar lo que el hielo había protegido durante siglos.


