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sábado, 7 de marzo, 2026
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Opinión

Follow the money: así encontraron al “Mencho”.

La captura del presunto líder del CJNG no sólo revela un golpe táctico contra el crimen organizado; expone la verdadera batalla del siglo XXI: la inteligencia financiera, los datos y la capacidad del Estado para anticipar antes de reaccionar.

En una guerra donde el dinero define el poder criminal, la pregunta no es quién ejecuta el operativo, sino quién produce la información que lo hace posible.

México ha convertido su guerra contra el crimen organizado en un espectáculo de fuerza: soldados en las calles, helicópteros, operativos. Esa escenografía transmite autoridad, pero también oculta una realidad más incómoda: el poder del narco no se sostiene en las armas, se sostiene en el dinero. Las organizaciones criminales no crecen porque disparen más, sino porque financian mejor, lavan más rápido y compran más lealtades. En el crimen moderno, quien controla el dinero controla la violencia.

Por eso cada captura espectacular suele contar solo la mitad de la historia. La otra mitad ocurre en transferencias internacionales, empresas fachada y redes invisibles donde realmente se define quién puede operar, expandirse o caer. Entender ese terreno no es un detalle técnico: es la diferencia entre combatir al crimen… o simplemente administrarlo.

Ese es el marco en el que debe leerse el operativo contra el presunto líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Cuando la Secretaría de la Defensa Nacional admitió que la operación contó con información complementaria proveniente de Estados Unidos, la historia cambió de inmediato: el punto de partida ya no estuvo en el despliegue militar, sino en la inteligencia. Antes del helicóptero hubo datos; antes del cerco hubo rastros financieros; antes del enfrentamiento alguien siguió el flujo del dinero. Y eso abre una pregunta inevitable: si el origen de la información estuvo fuera del territorio, ¿dónde está realmente el centro de control en la lucha contra el crimen organizado?

La respuesta no está solo en el operativo, sino en la estructura del propio Estado. La forma en que un país distribuye su presupuesto revela qué entiende por seguridad. Para 2026, las Fuerzas Armadas mexicanas recibirán alrededor de 170,753 millones de pesos, un incremento cercano al 7.8%. En contraste, la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, encargada de coordinar la inteligencia civil, enfrenta un recorte cercano al 17%, equivalente a unos 10,300 millones de pesos menos. La señal política es clara: el Estado invierte más en reaccionar que en anticipar.

El calendario internacional añade presión. Con el Mundial FIFA 2026 acercándose y con sedes en Guadalajara y Monterrey, la seguridad mexicana deja de ser solo un asunto interno y se convierte en una preocupación global. Grandes eventos no solo exigen despliegues, exigen inteligencia, monitoreo financiero y coordinación anticipada. Por eso se prevé un intercambio reforzado de información con agencias estadounidenses y estructuras como el Comando Norte. Cuando la estabilidad internacional está en juego, no solo se observa la capacidad de reacción del Estado mexicano, sino su capacidad real de anticipación.

Al final, el debate no es si México debe cooperar con otros países. El punto crítico es si podría prescindir de esa ayuda en los casos más relevantes. Un Estado no pierde soberanía en un acto dramático; la pierde gradualmente cada vez que necesita inteligencia ajena para resolver amenazas propias.

La soberanía en el siglo XXI no se mide por cuántos soldados patrullan las calles, sino por quién posee los datos, quién rastrea el dinero y quién entiende primero las redes invisibles donde realmente se organiza el poder criminal. Porque en esta guerra moderna no gana quien dispara primero. Gana quien sabe primero. Y hoy, la pregunta incómoda no es si México puede capturar a sus criminales… sino quién tiene que decirle dónde encontrarlos.

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