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sábado, 7 de marzo, 2026
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Opinión

El Shhh de Sheinbaum, Nahle y Yulay.

Para analizar lo siguiente, tomo prestada la poderosa frase de Alberto Sicilia: «El peor ruido es el silencio de quien esperabas que hablara».

En medio del lodo, del olor a humedad y de los rostros empapados por la tormenta Jerry, el país miró una escena que dolió más de lo que mostró: la presidenta Claudia Sheinbaum de pie, sin palabras frente a los reclamos, mientras la gente pedía ayuda y consuelo. No era un momento de política, era un momento de humanidad. Y, sin embargo, se sintió la distancia.

Porque hay silencios que no son prudentes, son fríos. Y en tiempos de tragedia, el silencio del poder suena a indiferencia.

La aparición de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle durante la emergencia por la tormenta Jerry reflejaron más preocupación por el control de la información, que por la empatía hacia las personas afectadas. Cuando se limita la participación ciudadana y se decide quién puede o no ayudar, el gobierno pierde algo más que imagen: pierde humanidad.

En las últimas semanas vimos a cientos de ciudadanos, colectivos e influencers movilizar víveres, medicinas y esperanza. Sin embargo, varios denunciaron que las autoridades les impidieron entregar la ayuda directamente, bajo el argumento de “falta de coordinación”. El influencer Yulay fue uno de ellos. No se trataba de protagonismo, sino de urgencia.

Mientras tanto, la presidenta recorría zonas afectadas junto a la gobernadora, rodeadas de cámaras y seguridad. Las palabras fueron medidas, las preguntas filtradas, y hasta en la conferencia mañanera, cuando le indico al secretario de Salud que no mencionara los municipios afectados. Un gesto pequeño, pero revelador: el control del discurso por encima de la transparencia.

La gobernadora, por su parte, reaccionó tarde. Algunos refugios abrieron horas después de las alertas. Sin contar cuando pronunció otra más de sus frases que pasará como célebre a la historia del estado: “Se desbordó ligeramente el río Cazones”, hablaba, sin duda, la voz del desconocimiento del estado, de su historia, de sus características. Su frase se volvió viral y, contrastada con lo que realmente ocurrió, sirvió para que le cayera encima un diluvio de críticas. Los habitantes sintieron que el Estado llegó cuando ya todo estaba perdido. En cambio, fueron los vecinos, los voluntarios y la sociedad civil quienes llegaron primero, demostrando que la solidaridad ciudadana no necesita un gafete oficial.

Hay quien defiende las restricciones del gobierno argumentando que era necesario mantener orden, evitar duplicidad o incluso proteger la seguridad de quienes querían ayudar. Y en parte es cierto: una emergencia requiere coordinación. Pero la coordinación no debería convertirse en exclusión. El problema no fue el intento de organizar, sino la forma: cerrar puertas, negar accesos y restar voz a quienes sí estaban dispuestos a cargar, repartir y consolar.

El poder no siempre se demuestra con autoridad; a veces se demuestra con empatía. En cada desastre, la gente no recuerda los discursos ni los protocolos: recuerda quién se mojó los pies junto a ella, quién la escuchó sin interrumpir, quién no tuvo miedo de ensuciarse las manos. La sociedad mexicana lo volvió a demostrar. Ahora falta que su gobierno aprenda lo mismo.

Nos leemos.

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