A cinco años de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara la pandemia de COVID-19, los efectos del virus siguen siendo visibles en la salud global y los sistemas sanitarios.
El 11 de marzo de 2020, la OMS clasificó oficialmente al COVID-19 como pandemia, en medio de una rápida propagación del virus fuera de China, con focos críticos en Italia, Irán, Corea del Sur y España. Esta declaración marcó el inicio de confinamientos masivos, crisis hospitalarias y cambios sociales significativos.
Según el último informe del Panel de Datos del Coronavirus de la OMS, la pandemia dejó más de 700 millones de contagios y cobró la vida de más de 20 millones de personas en el mundo.
En la región de las Américas, una de las zonas más afectadas, se registraron más de 1 millón de muertes en 2020. Al año siguiente, 2021 se convirtió en el más letal debido al impacto de la variante Delta, que aceleró la propagación del virus. Para diciembre de ese año, la cifra de fallecidos en el continente ascendía a 2.3 millones.
El 5 de mayo de 2023, la OMS anunció el fin de la emergencia sanitaria global, aunque advirtió que el virus sigue circulando y representando un riesgo para la salud pública.
Durante el último año, la enfermedad ha mostrado una tendencia descendente, atribuida al aumento de la inmunidad poblacional gracias a la vacunación y las infecciones previas, así como a la reducción de la mortalidad y la menor presión sobre los sistemas de salud. Estas mejoras permitieron que la mayoría de los países retomaran actividades similares a las de antes de la pandemia.
Pese a este panorama más favorable, la OMS reiteró que el COVID-19 continúa siendo una “amenaza significativa para la salud global”, por lo que recomendó no bajar la guardia ante posibles rebrotes o nuevas variantes.


