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sábado, 7 de marzo, 2026
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Opinión

Carlos Manzo, el mártir de “abrazos no, balazos si”.

El primero de noviembre de 2025, Uruapan debía llenarse de velas, música y flores de cempasúchil y no a pólvora. Pero en lugar de celebrar la vida, el municipio presenció otra muerte anunciada: la del alcalde independiente (otrora morenista) Carlos Manzo. Lo ejecutaron frente a su gente, durante la fiesta de Día de Muertos. No fue una casualidad ni una bala perdida. Fue un mensaje. En Michoacán, gobernar sin pactar con el crimen cuesta la vida.

Durante meses, Manzo había advertido al gobierno federal sobre la expansión del Cártel Jalisco Nueva Generación y su control del aguacate, el “oro verde” que sostiene la economía local. Suplicó apoyo, pidió presencia de la Guardia Nacional, denunció públicamente el sometimiento del municipio a intereses criminales. Nadie respondió. Su llamado no fue atendido en Palacio Nacional. Hoy, su silencio grita más fuerte que cualquier discurso sobre seguridad.

El asesinato de Carlos Manzo exhibe la renuncia del Estado mexicano a cumplir su función más básica: proteger a quienes representan al pueblo. Su muerte no es un hecho aislado, sino la confirmación de un pacto tácito donde el poder político tolera al crimen a cambio de una paz aparente. En México, el precio de gobernar con dignidad es la vida misma.

Michoacán se ha convertido en el laboratorio del fracaso en materia de seguridad. Desde diciembre de 2006, se militarizó el territorio, se “reforzaron” las instituciones y se prometió que la violencia “disminuiría”. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario: más armas, más muertos, más silencio. Los cárteles han aprendido a mezclarse con la economía formal, a controlar rutas, cosechas y decisiones electorales. Ya no solo venden drogas: administran la vida cotidiana de los pueblos de Michoacán y gran parte del país.

En Uruapan, el crimen no se esconde; se impone. Controla el transporte, el comercio y el aguacate, esa fruta que se exporta al mundo mientras deja sangre en los huertos. Carlos Manzo intentó resistir. Quiso gobernar sin intermediarios, sin “arreglos” y sin miedo. Esa valentía lo volvió incómodo para todos: para los criminales, que no toleran la autonomía, y para los funcionarios federales, que temen “calentar la plaza” con una intervención directa.

Su muerte envía un mensaje terrible pero claro: en México, quien desafía al crimen está solo. Entre 2018 y 2025, más de sesenta alcaldes en funciones, funcionarios, candidatos, electos y ex alcaldes fueron asesinados en circunstancias similares. La mayoría había denunciado amenazas o se había negado a pactar. La impunidad de sus casos refleja una constante: las autoridades reaccionan con discursos, pero no con justicia. Las estadísticas oficiales celebran “reducciones” en la violencia, pero detrás de cada cifra hay una historia de abandono y miedo.

Mientras el gobierno federal insiste en que “vamos bien”, la realidad lo desmiente en cada región dominada por el narco. Las fuerzas de seguridad llegan cuando todo ha terminado. Los ciudadanos aprenden a vivir con la violencia como si fuera parte del clima: inevitable, cotidiana y sin responsable. En esa resignación, el Estado pierde autoridad moral, y los criminales ganan legitimidad social.

Algunos argumentan que la violencia en Michoacán es un fenómeno histórico, heredado y difícil de erradicar. Tienen razón: el problema no empezó hoy. Pero esa explicación no justifica la pasividad actual. Si el Estado no puede proteger a un alcalde electo democráticamente, ¿qué puede esperar el ciudadano común? No se trata de pedir una guerra abierta, sino de exigir presencia, justicia y consecuencias. La omisión no es prudencia; es complicidad.

Carlos Manzo no murió por error, sino por coherencia. Decidió enfrentar al crimen y pagó con su vida el precio de no ceder. Su asesinato no solo mata a un hombre, sino la esperanza de que la política local pueda ser decente, valiente y libre del miedo.

Cada alcalde asesinado, cada periodista silenciado, cada familia desplazada por el crimen organizado, son prueba de un país que normalizó la derrota. Carlos Manzo no buscaba ser mártir; quería ser ejemplo, el “Bukele mexicano”. Su muerte debería recordarnos que la democracia no se defiende solo en las urnas, sino en la dignidad de quienes se atrevieron a gobernar sin permiso del miedo.

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